Mi voto por un barril de petróleo

Nuestra vinculación con lo productivo es quizás el área donde mayores tensiones y contradicciones se manifiestan entre las aspiraciones que tenemos como pueblo y las opiniones que la mayoría posee sobre el ámbito económico. Somos la curiosa mezcla entre un espíritu emprendedor que quiere ser dueño absoluto de su destino, pero que tiene una vocación profundamente rentista.

No hay estudio o análisis que no haya demostrado –hace años y recientemente– que uno de los pueblos con mayor disposición a emprender una iniciativa económica es el venezolano. Sin distingo de clase social, la enorme mayoría quiere y aspira a ser dueño de su propia empresa. La abundante evidencia empírica además sugiere que a lo largo y ancho de toda nuestra geografía vemos por doquier pequeñas y la mayoría de las veces, informales esfuerzos de cientos de miles de venezolanos que salen a la calle para ganarse el pan pero no como empleados, sino como dueños de sus pequeños y humildes negocios.

Sin embargo, una aspiración muy sentida de millones es tener un empleo fijo y bien remunerado con amplios beneficios sociales que les provean de una tan ansiada estabilidad que hoy no tienen. Ante esa realidad, no queda otro camino que salir a buscar el dinero por medios propios. Esa fuerza emprendedora también choca contra otra realidad: la cada vez más creciente dependencia ante las transferencias directas que hace un Estado Todopoderoso, a cuyo plan político le interesa tener a quienes habitan esta tierra más como empleados a quien someter, que como contribuyentes.

En nuestra cultura persiste de manera inmune a través de las décadas un mito tan falso como pernicioso: Venezuela es un país rico, pero yo soy pobre porque algunos (los políticos) se han robado mi riqueza. En otras palabras, me han quitado lo que es mío. Lo tristemente cierto es que nuestra nación no es la que goza de esas riquezas, sino el Estado y quienes lo gobiernan. Como es el Poder quien tiene, pues entonces necesito estar cerca de él. De ahí y desde hace mucho, se ha derivado el más abigarrado entramado clientelar a todo nivel: desde el que menos tiene hasta muchos empresarios que han crecido a la sombra de los favores oficiales.

Una vasta mayoría considera intocable a PDVSA pues es nuestra gallina de los huevos de oro, e inexorablemente nuestra fortuna está atada a ella. Creemos que el Estado por la vía del ingreso petrolero lo puede resolver todo (o casi todo), pero jamás apoyaremos ningún aumento del precio de la gasolina que como todos sabemos, es más barata que el agua. ¿Cómo desarrollar una mentalidad productiva sobre esa base?

Vivimos una época en la cual esas opiniones, lejos de cambiar, se han profundizado. Nuestra relación con la élite gobernante y su poder económico está mediatizada por el favor que recibamos. Bien podría decirse que muchos venezolanos ofrecen su voto al mejor postor que les ofrezca un barril de petróleo, que muy probablemente nunca verán.

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