Los retos del nuevo presidente

Antes de celebrarse las elecciones presidenciales del 14A, la revista DINERO me solicitó una colaboración para su revista del mes de abril. La petición consistió en puntualizar cuáles serían los retos que debería asumir el nuevo presidente, independientemente de quien ganara.

Este artículo fue escrito una semana antes de conocerse los resultados electorales. Acá lo reproduzco con su título original

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Cuando usted lea estas líneas, ya sabemos quién es el nuevo presidente.
Aunque esto se escribe antes de los comicios (en plena faena de movilización electoral de precampaña), gane quien gane, hay unos retos muy claros que el nuevo mandatario deberá enfrentar. Quizás el principal y que engloba a todos los demás se conjuga en un solo término: gobernabilidad. Quien haya sido popularmente ungido en las urnas tendrá tantas presiones que soportar, que la propia estabilidad de su recién estrenada administración será un tema en sí mismo.

A pocas semanas de recibir el mandato, el nuevo presidente deberá enfrentar algo inaplazable. Algo que le estallará en la cara y no podrá soslayar: una gran crisis económica que no está en periodo de incubación. Ya está en pleno desarrollo. El explosivo cóctel de la situación cambiaria y la pronunciada
escasez de divisas, los efectos de la devaluación, la inflación, el control
de precios, el agudo nivel de desabastecimiento y la depresión del aparato productivo, por tan sólo citar algunos; serán los puntos que coparán la agenda del inquilino de Miraflores tan pronto se disponga a ocupar la silla. Tendrá que tomar costosas decisiones, que de ignorarlas o postergarlas, serán el elemento que lo agobiará más temprano que tarde. No hay escape, pues si decide actuar rápidamente como así lo impone la lógica, también deberá lidiar con las consecuencias de sus actos.

La seguridad ciudadana, ya instalada como una dolencia estructural de la
sociedad venezolana, también le demandará gran parte de su tiempo pues los niveles de tolerancia no serán los mismos que los del pasado reciente: se le exigirán soluciones, rápidas y contundentes. Ambos aspirantes presidenciales se comprometieron a enfrentarla y no hay razones para pensar que en corto
tiempo, la situación mejore sustancialmente. La principal preocupación de los venezolanos podría constituirse en un movilizador que puede desplazar el centro de gravedad del nuevo gobierno.

Heredar un gobierno de una figura militar, no sería un problema mayor en
circunstancias más o menos normales. Pero éstas no lo son: el legado es un
gobierno militarista y por lo tanto, el manejo del componente castrense
deberá contar con la pericia, prudencia y firmeza de un gobernante que
tendrá que hacer las veces de neurocirujano para intervenir en una espina dorsal que puede ofrecerle considerables niveles de apoyo, o bien por el contrario, constituirse como la primera línea de ataque de nuevos actores desleales al sistema.

La sumatoria de demandas sociales y movilizaciones de descontento motivadas por los más diversos intereses, presagian una larga temporada de convulsa conflictividad. Será muy poco el tiempo -prácticamente ninguno- con el
contará el presidente para disfrutar de su “luna de miel” y poder comprar
una tregua. Ello sin mencionar lo acertado que deberá ser su manejo ante las expresiones comunitarias creadas durante los años recientes que pedirán más y nunca menos. Habrá que apelar mucho más al arte y no a la ciencia para poder aprovechar estas instancias como un punto de apoyo para satisfacerlas y convertirlas en un catalizador de las expresiones de descontento.

Los tiempos de gran influencia internacional, promovida por una jugosa factura petrolera se verán disminuidos. Las ayudas a otros países deberán ser reducidas a su mínima expresión para redirigir esos recursos hacia los nacionales. La estrategia del nuevo presidente deberá ser cómo construir relaciones simbióticas para beneficiar a su población. Hacer lo contrario sería un suicidio, que repito, chocará con una intolerancia mucho mayor.

Finalmente, si el nuevo mandatario escoge la vía de ignorar a quienes lo
adversaron en las urnas, fallará en su principal desafío: incluir al otro.
Mantener el esquema de gobernar para un solo sector tendrá una clara
consecuencia: su piso político crujirá y finalmente cederá de modo inexorable, hundiendo a Venezuela a niveles que nadie desea.

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