2012: Fin de una etapa, comienzo de otra…

Ya acercándonos a un trascendental evento como lo será el de las primarias del 12 de febrero, bien vale la pena hacer una reflexión sobre el significado de este año que apenas comienza, pero que repercutirá enormemente sobre nuestras vidas.

Aunque buena parte de la atención naturalmente se va concentrando en lo que será el desenlace de la inminente consulta electoral, debemos hacer una reflexión de dónde venimos y hacia dónde vamos. Aún más importante para la discusión: ¿Cuáles son los signos que han marcado y marcarán esa trayectoria? Aunque sean los historiadores los llamados a realizar esta tarea con más tino y a pesar del hecho que no tengamos la prudente distancia temporal para hacer un análisis más frío de los hechos, me tomo la licencia en estas líneas para hacer un breve balance.

Cambio Político

Este momento es propicio para significar políticamente lo que vamos a vivir. Pero no sólo eso, también para significar lo que se ha hecho y dejado de hacer antes de este momento. En mi criterio, este año será uno de esos pocos que podremos calificar de “parteaguas”. Muchas de las cosas que hasta ahora hemos visto cambiarán y serán más las que cambien cuando dejemos atrás el 2012. Todas las miradas se centrarán sobre la elección presidencial de octubre y sobre la trascendental decisión que se tome en las urnas sobre si este gobierno –ya con 13 años en el poder– se mantenga o sea cambiado. Alejados de toda normalidad democrática y conscientes que quienes hoy detentan el poder harán lo indecible para preservarlo, el clima previo que podemos sentir todos los venezolanos es que hay una oportunidad como nunca antes de materializar un cambio político.

Ese es el primer signo al que debemos prestar atención. En el ambiente hay una posibilidad latente de que un elenco político sea desplazado por otro y por consiguiente, el rumbo de la Nación. Eso lo saben quienes están de un lado y de otro, así como millones de venezolanos. Es la primera vez que entramos en una contienda electoral donde aún no hay un claro favorito y se apreciará una gran pugna en la que cada acierto y cada error serán vitales.

Distintos eran los tiempos donde se daba por descontada un triunfo del chavismo, aún a muchos meses de celebrarse cualquier evento comicial. ¿Cómo llegamos acá? Básicamente por tres razones: por el transcurso mismo del tiempo y el desgaste que significa estar en gobierno durante tanto tiempo, por los propios desmanes cometidos desde el poder al segregar a una inmensa masa de venezolanos por su forma de pensar y por último, porque la oposición estratégicamente se ha organizado mucho mejor que en el pasado.

Otra manera de hacer las cosas

Otro signo muy claro de que estamos ante el fin de una etapa histórica en la política venezolana –al menos en un sector significativo de ella– es que muchas cosas se están haciendo de un modo distinto a como las conocíamos. Piense por un momento: ¿Desde cuando la designación de candidatos recaía en el ciudadano y no en los partidos? Aún con imperfecciones, se ha avanzado en la democratización de la política al permitir que se consulte la opinión de los venezolanos para decidir quién es el abanderado de una opción, entre varias alternativas posibles.

Difícilmente se puede pensar que hacia el futuro este mecanismo no tenga más utilidad. Muy probablemente las primarias, las consultas de base (tanto dentro como fuera de los partidos) hayan llegado para quedarse y dirimir muchas competencias internas.

Ahora piense en otro aspecto. ¿Desde cuándo usted podía ver reunidos a varios candidatos para discutir, o al menos exponer sus ideas y planteamientos, para que usted sea quien decida quién es el mejor? La cultura de debates en Venezuela no existe, pero los encuentros que en los últimos meses hemos apreciado los venezolanos han dejado un buen sabor, porque los electores reclaman información e intercambio entre los aspirantes para tomar mejor su decisión. Considero que de ahora en adelante, los debates electorales serán vistos con mayor frecuencia en nuestro país, probablemente como una regla y no como una excepción en una próxima etapa de nuestro devenir político.

Como consecuencia de lo anterior, también vale la pena hacer otro comentario. Piense detenidamente: En esta etapa, iniciada hace más de una década, estamos acostumbrados a ver la descalificación y la supresión del diálogo como la norma. Ahora hemos visto cómo se puede sostener una competencia de manera civilizada, con respeto, sin insultos. Estas son el tipo de cosas que indican que los tiempos están cambiando.

También vemos señales muy claras de que algo nuevo está pasando: estamos viendo a un sector de la política que antes carecía de una propuesta clara de país y que ahora, comienza a perfilarla con mayor nitidez. Obviamente, con matices y divergencias entre las distintas opciones, pero con zonas de consenso muy amplias que se contraponen claramente a lo que se ofrece desde la otra acera.

Los tiempos han cambiado.

Aún queda mucha tela por cortar. Será un año muy turbulento. Con muchas altas y bajas. Todavía no conocemos cuál será el verdadero impacto postelectoral de la elección de un abanderado que unificará tras de sí a un caudal enorme de voluntades que desean un cambio político. Tampoco sabemos si del lado oficial las cosas se mantendrán iguales y si su abanderado pueda llevar una campaña como a las que nos tiene acostumbrados, pero las recientes designaciones que apuntan a un control del ala radical –y militar– de sus filas, sugieren lo que dije más arriba: hay preocupación porque nada está seguro y este año podría significar el fin de un proyecto que tanta convulsión y división ha creado en nuestro país.

El 8 de octubre habrá otro país, comenzará otra etapa, sea cual sea el resultado. Sabremos con claridad si lo actual se radicaliza o si por el contrario habrá un cambio de timón que nos conduzca a nuevos senderos. Ya en las próximas entregas de este espacio de opinión iremos al análisis de los acontecimientos con más acercamiento y profundidad.

Preparémonos para un año histórico.

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