Una visión compartida

Por lo general, al hablar de un “Proyecto de País” nos movemos en un terreno movedizo. Deberíamos estar hablando de un Plan de largo plazo que orienta el conjunto de los esfuerzos de todo un país para alcanzar objetivos nacionales, en los que casi siempre se conjugan los términos progreso, avance y prosperidad. Es pues, un dibujo que pretende retratar el futuro deseado planteando un conjunto de políticas para alcanzarlo.

Lo más probable es que la enorme masa de ciudadanos-electores venezolanos nunca haya tenido claro de qué se trata eso de un “proyecto de país” pues el día a día casi siempre está rebozado de escándalos, enfrentamientos y eventos electorales que están vinculados más con el cortísimo plazo que con una visión de largo aliento. Además y esto es capital comprenderlo, es natural que la gente de a pie tenga un conjunto de preocupaciones cotidianas e inmediatas a las que –sea por agobio o por deseo– dedica la mayor parte de su atención, restringiendo así el “debate sobre el futuro” a pequeños grupos más informados, politizados y militantes que intentan dirigir y moldear a la sociedad con grandes relatos que dibujan el país de las próximas generaciones.

Pero quien crea que esto se trata de unos pocos imponiendo una visión sobre muchos, piensa equivocadamente. No, histórica y políticamente lo que ha ocurrido es que unos pocos han propuesto y muchos han dispuesto. Quienes han presentado ideas-fuerza persuasivas que lograron capturar la atención y la pasión de muchos para construir un futuro distinto, son los que han marcado en definitiva el rumbo de la Nación. Al comienzo del siglo pasado, vimos como la noción de una Venezuela en la que todos pudieran votar y no sólo unas minorías fue un gran motor para crear un país diferente. Al son de “Pan, Tierra y Trabajo”, millones se sintieron representados y acompañaron un proyecto. Décadas después, en un estado de cosas en la que la exclusión económica y social llegó a niveles intolerables, las mayorías se inclinaron por apoyar un proyecto que prometió exterminar la corrupción e imponer la igualdad, aún con un revanchismo que excluye a millones que no piensan igual.

Hoy el reto de cualquier grupo que pretenda dirigir los destinos de la Nación es romper una división que se ha instalado muy hondo en nuestra alma social y que nos coloca en aceras distintas e irreconciliables sobre muchos temas, incluso sobre los más básicos. Esa separación –devenida en polarización– sólo podrá quebrarse cuando puedan crearse amplias zonas de consensos en torno a pocos aspectos fundamentales. Cuando un proyecto político logre persuadir a una mayoría de la idea que los venezolanos anhelamos varias cosas en común y haga ver que son más los puntos que nos unen que los que nos separan, será exitoso. Lo más importante: esa construcción deberá hacerla desde abajo, con la gente común, no imponiendo visiones ilustradas. Así, se habrá comenzado a construir el tan ansiado camino de la Unidad.

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