“Lo que hay que tener claro es que no hay unidad en la oposición”. Una entrevista con Hugo Prieto

Si medimos el resultado de la estrategia aplicada por la oposición a partir del mes de abril, una ofensiva de protestas y manifestaciones en la calle que sacudió los cimientos de la sociedad venezolana y retumbó en las paredes del palacio de Miraflores, la conclusión a simple vista es que la jugada salió mal. La oposición sacrificó tropas, como lo hizo el Ejército Rojo, durante la Segunda Guerra Mundial, pero de sus filas no surgió un equivalente al mariscal Zukov, que ganara la guerra.

El chavismo logró su objetivo, pero a un costo que haría palidecer a Hugo Chávez, cuando desistió de contar los votos la madrugada del 3 de diciembre de 2007, porque no tenía interés en alzarse con una victoria pírrica. Eso fue lo que obtuvo el chavismo con la elección del 30 de julio de una Constituyente espuria que ha generado el rechazo de los principales países de este hemisferio y de la Comunidad Europea. Es la razón que ha esgrimido el gobierno de Donald Trump para seguir aplicando sanciones.

Las cuentas siguen pendientes, en esta guerra de posiciones que parece no tener fin. Edgard Gutiérrez, politólogo por la Universidad Central de Venezuela, y asesor de candidatos en varios países de América Latina, realiza un balance sobre esta fase del conflicto político venezolano. Se muestra partidario de no participar en las elecciones a gobernadores y explica por qué. Advierte, además, que “la unidad política, la unidad de propósitos de la oposición, ha sido una consigna, que no hemos podido materializar”.

Aviso, lo que va a decir Gutiérrez no es lo que muchos quisieran escuchar.

¿Qué factores están incidiendo en la conducta, en la emotividad, del electorado frente a las elecciones de gobernadores?

El primero es la incertidumbre, no saber a qué te enfrentas. El sólo hecho de elegir en Venezuela está en duda. No sabes si un candidato va a llegar al final del proceso, no sabes cuáles son las condiciones porque todos los días las cambian y las envilecen, diría yo. ¿El voto tiene un peso en la sociedad venezolana? El segundo rasgo se resume a una pregunta. ¿Para qué voy a votar? ¿Lo hago como parte de una conducta democrática y participativa o para oponerme a algo, por el sólo hecho de oponerme? Y un tercer rasgo también responde a una pregunta. ¿Mi voto es útil? No hay nada más duro para un elector que creer que su voto no tendrá ninguna utilidad. ¿Esto que estoy haciendo va a servir para algo? Diría que ese es el trípode sobre el cual se está montando un proceso electoral que hoy, mientras tú y yo hablamos, no tiene fecha. Aunque el mundillo político se dice que se realizará el 15 de octubre. Pero pudiera ser otro día.

¿Qué cree usted que pasó en Venezuela el 30 de julio?

El 30 llegamos a un punto de definición, de desnudez, de sinceridad, sobre de qué se trata el proceso político venezolano. Muchos especularon… esto se parece a un régimen dictatorial… o esto se enmarca dentro del autoritarismo competitivo… ahora no es competitivo, simplemente es autoritarismo. El 30 de julio aquí hubo un fraude. Un proceso que inicia como un fraude a la Constitución y se consuma con un fraude electoral, con el añadido de un costo de vidas que nunca se había visto en ninguna elección. A lo largo de estos años, la pregunta era ¿el chavismo va a aceptar los resultados? ¿Va a estallar la violencia o no? Finalmente, tenemos el saldo de una violencia sin sentido. Además, el 30 de julio estuvo marcado por un silencio ensordecedor, la abstención de los venezolanos. Esa fue la estrategia que se siguió para mostrar el más firme rechazo. A partir de ese día, entendimos cómo funciona la máquina que nos gobierna y se despejó una incógnita que se debatió durante los últimos tres años: ¿Venezuela es una dictadura? Sí, yo creo que sí lo es. Uso esa palabra, porque es la que más fácilmente se entiende.

Nos negamos a reconocerlo o nos está costando asumirlo. O quizás no lo queremos ver.

La primera batalla, quizás la más importante, que aún no le hemos ganado al chavismo, es la batalla de las palabras. Nosotros usamos su léxico. Ellos hablan de democracia, de revolución, de pueblo, de una cantidad de cosas, cuyo significado conocemos y nosotros no hemos podido construir una gramática que los defina a ellos. Para mí la palabra dictadura los define, porque ningún dictador se asume como tal.

¿Usted cree que la oposición está siguiendo la agenda del gobierno, lo que el gobierno impone, de una forma totalmente reactiva?

En ocasiones, la oposición logra construir su agenda y llevarla adelante, incluso obligando a Maduro, o al régimen, a responderle, a ser reactivo. Pero si me preguntas por las últimas semanas, no es que la oposición esté jugando para favorecer al chavismo, eso sería injusto, mezquino, decirlo. Pero sí está jugando dentro de la estrategia que el chavismo diseñó, lo que a efectos prácticos viene siendo lo mismo, porque lo que ha hecho es responder a los cálculos anticipados que el adversario hizo. La dirigencia opositora ha sido muy castigada, sometida a una crítica muy fuerte, entre otras cosas, porque se esperaba mucho de ella. Pero su capacidad de anticipación ha sido muy poca, me estoy refiriendo al juego estratégico. En Venezuela estamos acostumbrados a diseñar estrategias como si jugáramos solos en la cancha, pero en la cancha, al menos, hay un adversario. De ahí la famosa frase Los rusos también juegan. El gobierno juega duro, de manera muy cruel. Si algo se definió el 30 de julio fue esa crueldad. Voy a hacer lo que tenga que hacer. Voy a matar a quien tenga que matar. Voy a encarcelar a quien tenga que encarcelar. Voy a torturar a quien tenga que torturar. ¿Para qué? Para lograr mi máxima ideológica. Y esto, para el chavismo, no es el socialismo, ni siquiera es el comunismo, no… Es cómo mantengo el poder y si puedo, de paso, cómo acumulo más poder.

Si los venezolanos, a lo largo de cuatro meses, luego de ese costosísimo saldo de vidas, de heridos y de detenciones, no pudimos obligar al gobierno a modificar su posición ni un milímetro y ya sabemos lo que está ocurriendo con el voto, que es una institución desvalorizada, la pregunta es: ¿Por qué vamos a ir a elecciones?

Yo soy de los que piensa que en este conflicto, entre abril y julio, no ha habido lo que pudiera considerarse una sucesión de derrotas o que no movimos la posición del gobierno ni “un milímetro”. Por el contrario, la movimos y la movimos mucho. ¿Que no hayamos alcanzado los objetivos propuestos? Eso es distinto. Es decir, al primero de marzo, por poner una fecha, Maduro se veía llegando al 2019 con comodidad, posdiálogos octubre/diciembre 2016. Parecía que no iba a haber elecciones más nunca. Parecía que el mundo no iba a hacer lo que hizo después. Y todo eso se produjo, digamos, gracias a la lucha. Yo creo que la lucha política en Venezuela terminó cambiando un estado mental. Ahora, tú pregunta. ¿Votamos o no votamos? Uno participa o no, dependiendo de la estrategia. En el fondo, la palabra no es voto; el voto es un mecanismo, quizás el más importante de una democracia. Pero la pregunta crucial es ¿cómo logras tu objetivo? El gobierno tiene una estrategia muy clara, aunque los voceros del chavismo digan que la estrategia no se revela, pero tú la puedes enunciar en un párrafo.

¿Un párrafo? Eso sería demasiado. Yo diría que basta una sola línea. Además, ya la definió usted: permanecer en el poder. Agregaría una coletilla, cueste lo que cueste. Punto final.

Diría que eso es un objetivo y la estrategia es: ¿Necesito torcer las instituciones democráticas? Sí. ¿Necesito que la gente desconfíe del voto? Sí. ¿Necesito dividir a la oposición? Sí. ¿Necesito modificar las reglas de juego tantas veces como sea necesario? Sí. ¿Necesito inhabilitar a los candidatos opositores con mayor opción? Sí. Cuando sumas todo eso tienes una estrategia. Además lo haces anticipándote a tu adversario o a tus adversarios.

Así como mencionó esto tan fluidamente, ¿por qué no hace lo propio con la estrategia de la oposición?

Antes de responder esa pregunta, voy a retomar una pregunta que quedó pendiente. ¿Participar o no en unas elecciones a escasas ocho semanas? Sería lógico y beneficioso en función de hacia adonde quieres llegar. Pero no estamos sólo frente a un debate axiológico alrededor del valor del voto. A veces, uno se encuentra en el debate muchas frases de autoayuda electoral, no hay que perder espacios, hay que votar porque sí, me opongo a lo que sea. La abstención del 30 de julio fue increíblemente valiosa. El problema es ¿qué se hizo con eso los días subsiguientes, el 31 de julio, el 1 y el 2 de agosto? Esos son, digamos, los problemas de orden estratégicos. Aunque yo soy un ferviente partidario de la participación electoral, creo que en este momento, con un régimen de esta tesitura, tienes que decidir cómo lo haces. La decisión del 30, por ejemplo, fue no ir a votar. Dicho eso, no me pidas ahora que describa cuál es la estrategia de la oposición, porque el gran problema es que no hay una sola estrategia en la oposición, entre otras cosas, porque la oposición no es una sola. Sí, es verdad que en el chavismo hay fisuras, hay facciones, hay digamos un esquema de primus inter pares (el primero entre iguales) eso es cierto, pero ahí también  hay un cemento importantísimo que los une: conservar el poder. Ese acuerdo mínimo común entre ellos les hace llegar a una estrategia que lo satisface todo. En el caso de la oposición no es cierto que se haya llegado a un acuerdo sobre lo que hay que hacer.

¿A qué atribuye usted esa falla de origen, por llamarla de algún modo?

Lo que ha ocurrido históricamente en la MUD es que ha habido unidad electoral. En la mayoría de las veces, la MUD ha sido una plataforma de coordinación y postulación electoral para hacer campaña y le ha ido muy bien, pero ¿en cuánto definir una política? Es decir, ¿cómo voy a enfrentar al régimen? ¿Mediante una línea de lucha no violenta y pacífica? ¿En espera del desgaste y participando en elecciones cuando pueda participar? ¿De cuál modo? Hay, dentro de la oposición, quienes piensan que el método para salir de esto es sencillamente esperar y participar cuando se pueda para obtener cargos de elección popular, con el objetivo de alimentar esa teoría de la acumulación de fuerzas, que yo no creo para nada. Hay otros que creen en la resistencia no violenta, en el quiebre de conciencia de los pilares fundamentales del régimen, me estoy refiriendo a la coalición oficial, el chavismo, la nomenclatura, el apparatchik y las Fuerzas Armadas. Esos son, básicamente los dos paradigmas, que no han llegado a un acuerdo. La historia pequeña de los meses más recientes, la ves reflejada en las comunicaciones. En los primeros meses de este conflicto, viste a los diputados más jóvenes llamando a la calle, estableciendo un marco, cuyas aristas eran los artículos 333 y 350 y no veías a otros actores, agotada esa etapa, viste a otros actores llamando a elecciones. Entonces, lo que hay que tener claro es que no hay unidad en la oposición. Eso es uno de los grandes mitos que tenemos en la política venezolana. Lo que ha habido es unidad electoral.

La verdad es que hemos transitado por tantas coyunturas políticas, por tantas crisis de toda índole y procesos electorales, que uno advierta, casi hasta al hastío, que en la oposición no haya unidad. ¿A qué le podemos atribuir esto? ¿A qué no hay un liderazgo? ¿A qué no hay capacidad?

Lo primero y lo más importante —aunque mucha gente considere superado ese debate en la dirigencia— es la definición del adversario. Hay posiciones distintas, difieren, divergen, en cuanto a qué se enfrentan. Hay quienes creen todavía que se enfrentan a un mal gobierno. Hay quienes creen que se enfrentan a un gobierno de corte autoritario, pero que todavía se puede enfrentar en las urnas y con la mayoría de los votos le puedes ganar. Hay quienes creen que se enfrentan a una dictadura militar, represora. Y hay quienes creen que se enfrentan a un sistema totalitario. Hay un espectro de posiciones y, probablemente, los acuerdos mínimos que vemos en la oposición en los últimos meses, se establezcan sobre el mínimo común, que a la postre terminan siendo tibios y como métodos o piedras fundacionales de estrategia no terminan siendo satisfactorios.

No me quedó claro si usted está de acuerdo con que la oposición vaya a elecciones.

Mi respuesta pudiera parecer cruel. Yo creo que en este momento, visto lo que hemos pasado, y entendiendo además que el venezolano quiere salir de esto votando, una buena opción sería hacerle ver, mediante un proceso pedagógico, que quizás ir a votar ya no es lo mismo que antes del 30 de julio. También puedo ensayar una respuesta más corta: Pareciera que la incoherencia de participar en un proceso con estas características, no es tan rentable, digamos, con mantenerte en una posición de no participación. Voy a decir porqué. Uno. No puedes decir que esto es una dictadura, que de esto salimos con el artículo 350, para luego salir diciendo vamos a elecciones. No estás votando con las condiciones previas al 30 de julio, sino con otras peores. Ese día, nos imaginamos que hubo fraude, pero que culminado el proceso, sea el sistema  nervioso del CNE (Smarmatic), quien diga “por lo menos un millón de votos”, corrobora que aquí la institución del sufragio no se respeta para nada. Dos. En lugar de luchar por mejores condiciones para participar, la oposición se ha enfrascado en la escogencia interna de sus candidatos. Al día de hoy no hay una fecha, al día de hoy no hay cronograma, al día de hoy no hay campaña ni sabes cómo es la participación de testigos, al día de hoy…

… no sabes cuántas auditorias habrá antes, durante y luego del  proceso.

Por ejemplo. Al día de hoy no sabes qué puedes hacer o no durante las elecciones. Entonces, vas en unas condiciones mucho peores a las que había antes del 30 de julio. A lo que hay que agregar un factor que tiene que ver con la coherencia. El discurso no puede variar de la noche a la mañana, sin una justificación plena, serena y bien fundamentada. No puede ser que a las 8:00 am, Mugica (Smarmatic) revele que hubo una manipulación de resultados —prácticamente un fraude— y a las cinco horas tú digas, pase lo que pase, vamos a elecciones. No se entiende… no se entiende. Eso te crea lo peor de ambos mundos: Vas a unas elecciones en condiciones muy, muy adversas, quizás las más adversas de tu historia, sin una tropa, en este caso tu electorado, completamente anarquizada detrás de ti, porque después del 30 de julio, vamos a ir a una elección bajo una sombra de duda, a lo que habría que añadir una gran dosis de rabia y de frustración. Tienes, además, al frente, a un adversario que no le tiembla el pulso para alterar los resultados. La respuesta más corta sería no participar planteando qué hacer. No participas porque vas a enfilarte en atar o amarrar todos los cables de la presión internacional, por ejemplo. Tienes que mostrarle a la gente la película. Voy a hacer esto o no lo voy hacer, y aquí tengo un plan pensado. Eso es lo que no hay.

Otro hecho notorio y comunicacional. En el momento en que la oposición recupera la iniciativa política, ahí está —frente a los micrófonos— la plana mayor de la MUD, pero cuando la iniciativa fracasa, el vacío es total. No hay comunicación. No hay mensaje. Se apela entonces a la responsabilidad ciudadana. “Tú eres el único que puedes cambiar esto… Todos y cada uno de los venezolanos y lo puedes hacer a través del voto”. ¿Cómo conjugamos una cosa con la otra?

Es la disolución de la estrategia. Vamos a poner en tu evaluación: fracasaste. Recurres al síndrome del avestruz, como dices. Después, invierto la carga de la prueba. Ahora el responsable es el dirigido y no el dirigente. Pero el dirigente tiene que dar la cara en las buenas y en las malas. Esa ha sido una de las causas que genera la abstención. Sí hubiese habido un mensaje posterior a la elección de la Constituyente. No fuimos capaces de frenar esa elección y reconocemos la limitación, pero tal cosa, déjame dejar tres puntos suspensivos, la gente no se sentiría huérfana. En este momento hay un sentimiento importante de orfandad política. Hay más una decisión individual, me opongo a esto y voy a votar porque creo en el voto como institución, pero no hay más que eso, no hay una elaboración estratégica.

En enero de este año, este país era un cementerio. Una desorientación total. Ni una sola movilización. ¿Cómo es que lo que ocurrió luego, las manifestaciones de calle, el plebiscito del 16 de julio, el apoyo internacional, no es un haber para la oposición?

El gran problema es que tú diseñaste una estrategia —sea buena o sea mala— asumamos que fue mala porque el resultado no fue el esperado. Y después no hiciste un balance. Es cierto, no cumplimos el objetivo, logramos esto, y vamos a seguir avanzando cambiado el método, pensando un poco, reflexionando, dándonos una pausa. El gran problema es que organizaste una consulta para saber lo que piensa la gente y se te olvidaron las tres preguntas. Y lo digo porque la primera era desconocer la Constituyente, de algún modo la estás anulando al participar. No es de extrañar que se impongan las reglas de un mandato espurio y de una Asamblea Constituyente espuria. El tema de la coherencia sí es importante.

¿Qué avizora después de este proceso electoral, dando por hecho la participación de las fuerzas opositoras?

Veo un camino tormentoso, donde todos los días se van a presentar hechos que te van a hacer dudar de si participas o no participas. Van a buscar, mediante provocaciones, que quienes van a elecciones, que son la mayoría, declinen porque ya se trazó una línea roja. Por ejemplo, el certificado de buena conducta. Es un dispositivo para causar mayor fragmentación, porque el gran objetivo de las elecciones regionales, desde la perspectiva del oficialismo, es dividir aún más a la oposición. Eso es lo que estamos viviendo ahora. ¿Qué avizoro? Más incertidumbre, pareciera que no sabes en qué condiciones finales vas a terminar llegando. No sabes si vas a contar con todos los votos que necesitas y que previsiblemente tienes detrás de ti. Eso puede generar un saldo que al día de hoy se ha vendido de manera equivocada, porque te dicen vamos a ganar 18 gobernaciones, vamos a ganar 20, pero tal vez no termine siendo así por equis, ye, zeta, porque te inhabilitan a un candidato, porque te tuercen un resultado aquí o allá, digamos todas las trampas habidas y por haber, porque la abstención, por ejemplo, produjo después del revocatorio de 2004 que Diosdado Cabello y no Enrique Mendoza fuese el gobernador de Miranda, porque si no hay un compromiso firme de precandidatos que no ganen las primarias y te quitan el 1 por ciento, eso pudiera significar que se pierda una gobernación. Me imagino que el resultado pudiera ser más agridulce de lo que mucha gente espera.

Publicado originalmente en Prodavinci

Difícil de ver es. Siempre en movimiento el futuro está

I

¿Pronósticos?

Cuando Prodavinci me pidió que escribiera algunas notas sobre qué nos espera en 2017, de inmediato pensé en la frase que sirve de título a este artículo pronunciada por el gran filósofo de color verde y de apenas 66 centímetros de altura, el gran Maestro Jedi Yoda. Aunque algunas bancas de inversión y firmas de riesgo político estimen que la situación de Venezuela es más o menos predecible, muchas veces nuestro país ha demostrado en estos últimos 18 años que puede sorprender a todos.

Ya Philip Tetlock en su Expert Political Judgement demostró que buena parte de las profecías sobre política hechas por “conocedores” no acertaron en un margen que superara al azar. Aunque el mismo autor luego publicara Superforecasting con una visión más optimista sobre el ámbito de las predicciones, si algún lugar es tierra fértil para comprobar el argumento de su primera obra es nuestro país.

Ni el más agudo de los observadores políticos pronosticó que en apenas seis meses, cientos de miles de votantes migrarían abruptamente del chavismo a la oposición. A finales de diciembre de 2013 luego del “dakazo” y una abultada victoria del chavismo en las elecciones municipales, nadie imaginó que muy pocas semanas después ocurrirían miles de protestas contra Maduro y que desde ese momento —aunque muchos no quieran reconocerlo y crean que fue después— el régimen perdería la mayoría popular. Si alguien le hubiese dicho a comienzos de 2015 que la oposición iba a ganar las dos terceras partes del Parlamento, lo más probable es que usted se hubiese reído. ¿Acaso alguien advirtió que en pleno diciembre de 2016 viviríamos una convulsión social en varias regiones del país gracias a un caos monetario auto inducido?

Bienvenidos a Venezuela, cuyo slogan de marca país debería ser: “Donde la realidad política supera a la ficción”.

Predecir en el norte de Suramérica no es solo un negocio riesgoso sino que hay una muy alta probabilidad de terminar en completo ridículo. Sin embargo, necesario es considerar los temas y fuerzas del entorno político más relevantes para un país al que ya casi no tiene sentido siquiera analizarlo anualmente, sino mensualmente.

No hay un 2017 sin un 2016, así que empecemos por el principio. ¿De dónde venimos?

II

2016

Políticamente 2016 no empezó el 1 de enero, sino un poco antes. Para ser preciso, el 6 de diciembre de 2015, el día que la Oposición ganó las dos terceras partes de la Asamblea Nacional.

El 2016 sería el año del cambio político afirmamos muchos.

Sin embargo y también pensando en esa mayoría calificada, Miraflores no nos decepcionó. Como en 2007 y 2009 lo que el régimen no pudo lograr por la vía electoral, lo obtiene gracias a su férreo control institucional y al desconocimiento de las formas democráticas y republicanas. Ni siquiera había sonado el cañonazo y ya Diosdado Cabello se había ocupado de nombrar a los magistrados de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), hasta el momento, el dispositivo más eficaz para inhibir el cambio.

El chavismo procedió a activar su amenaza rebanando vía TSJ a la mayoría calificada e inhabilitando en la práctica a los parlamentarios de Amazonas. La oposición, con una nueva figura estelar que resucitó de las cenizas procedió a aplicar una doctrina que a la postre le saldría increíblemente costosa: la de “doblarse para no partirse”.

Mucho se ha debatido desde aquel entonces, pero en un momento de increíble debilidad —al menos circunstancial— para Maduro, ¿qué hubiera pasado en Venezuela si la Asamblea Nacional hubiese hecho una jugada audaz invocando desde su propia instalación una Asamblea Nacional Constituyente para remover a todos los Poderes Públicos? Nunca lo sabremos porque privó la clásica aversión al conflicto, pero infortunadamente con el chavismo —tarde o temprano— el conflicto siempre llamará a tu puerta. Era preferible que ese conflicto se desatara más temprano que tarde, porque a fin de cuentas, el destino nos alcanzó.

Si bien fue cierto que la agenda legislativa propuesta por la nueva mayoría parlamentaria se concentraba más en leyes económicas y sociales, también lo es que Henry Ramos Allup desde el propio 5 de enero al hablar de la salida de Maduro, leyó correctamente el momento y lo que decían (y definitivamente siguen diciendo) las encuestas. En el estudio Venebarómetro realizado en el mes de enero el 81% de los que declararon haber votado por los candidatos de la MUD lo hicieron para que hubiese un cambio y ese cambio significaba algo muy concreto: que Nicolás Maduro saliera del poder y que hubiesen nuevas elecciones presidenciales (Venebarómetro, abril 2016).

Henrique Capriles también tuvo la misma lectura y en una jugada propia, anticipó a toda la coalición opositora (incluyendo a su propio partido) proponiendo la política del referendo revocatorio. La jugada de Capriles no solo fue un “decir”, sino que tal maniobra fue acompañada de una campaña de comunicación y giras a diversos ciudades del país para avanzar en su proceso de reinvención después de los traspiés sufridos en el pasado reciente y que aún lo atormentan. Su propuesta fue finalmente la que se impuso. Su final no fue lo que planeó.

En ese curso, las elecciones regionales para escoger gobernadores pasaron a un segundo o tercer plano.

Sin embargo, es probable que nada de lo anterior fuese lo más importante de cuanto sucedía para ese entonces. Lo más relevante y que estuvo fuera del ojo de la opinión pública eran las conversaciones que se dieron entre actores muy relevantes del chavismo y de la oposición. No me refiero al opaco diálogo que empezó en República Dominicana a mediados de año y que se provoca fundamentalmente por la operación de Rodríguez Zapatero y UNASUR, sino a una serie de encuentros bilaterales entre altos dirigentes de la MUD y el chavismo, que a la luz de los acontecimientos posteriores, no llegó a nada. Es probable que el chavismo (o específicamente esos actores) no percibiera en ese momento en la oposición una ruta clara que les ofreciera rebajar sus costos de salida.

La “Hoja de Ruta”, llamada también la “Ruta de las Hojas” (enmienda, constituyente, renuncia y revocatorio), terminó en un proceso de decantación que nos llevó al revocatorio como propuesta única, pero por el mismo empeño de “evitar el conflicto”, nos metió en el campo minado de aceptar unas condiciones completamente absurdas impuestas por un cuestionado reglamento del CNE: recoger firmas (constitución de una agrupación), para poder recoger firmas (1%), para finalmente recoger más firmas (20%). La aprobación más temprana de una Ley Orgánica de Referendos quizás le hubiese dado más sentido a la lucha o bien, hubiera dejado en claro mucho más temprano, que el Referendo Revocatorio no procedería y la energía se hubiese enfocado hacia otra salida. Pero eso es futurología del pasado…

Oportuno también es decir que esa ruta, también forjó una épica ciudadana que superó todos los obstáculos procedimentales. Sería mezquino no reconocerlo. En curiaras, saltando árboles o desafiando al poder, los venezolanos salieron a manifestar su impresionante voluntad de cambio político. En paralelo, la “voluntad revocatoria”, se hacía más y más grande llegando a calcularse que prácticamente 11 millones de personas estaban completamente dispuestos a remover a Maduro por vía electoral. En mayo, algunos países en la OEA y apuntalados por la valiente actitud de Luis Almagro, también se desarrolló una maniobra de presión internacional con el tema de la Carta Democrática, que hoy, al parecer, ya se nos olvidó. Preferimos a Zapatero. Y Zapatero siguió viajando a Venezuela sin descanso.

Entre agosto, septiembre y octubre la política opositora se centró en impulsar el Referendo Revocatorio con una agenda de marchas y concentraciones que aunque no contó con la frecuencia y la escalada que algunos deseaban, definitivamente sí movilizó a millones de personas en las calles. Aunque había señales clarísimas que el CNE no haría el Referendo en 2016, el clímax de esta historia llegaría en octubre, cuando ya no había más excusas para postergar la recolección del 20% y que en la práctica hubiese sido un Revocatorio en sí mismo, pues al menos ocho millones de personas declaraban que estaban absolutamente dispuestas a firmar.

La temida decisión llegó: el 20 de octubre varios tribunales estadales controlados por gobernadores del chavismo abortaron la recolección de voluntades.

Se quiso evadir, pero el conflicto llegó.

Lo que muchos predijeron —sin desearlo— se consumó: se suspendió de facto el derecho al voto. No solo por el Referendo, sino por unos comicios para escoger a gobernadores que fueron postergados para 2017. El argumento central del chavismo es que no puede haber elecciones en medio de esta crisis económica, pero la verdad es mucho más sencilla: no puede haber elecciones mientras no se puedan ganar. Simple, pero duro. Maduro y los gobernadores decidieron que ninguno se mediría y que todos permanecerían en sus puestos al costo que fuera. Y los costos terminaron no siendo tan altos.

La primera reacción de la Unidad, luego de varios días de mucha tensión interna fue desconocer la medida, plantear una ruptura constitucional y una recuperación de la democracia en las calles. Aún cuando se tardó mucho en reaccionar, privó la sensatez y se llegó a un acuerdo entre todos los factores, luego de consultar a muchos sectores. El choque de trenes —y no de poderes— se veía inminente.

El 26 de octubre, en la última concentración política del año, la Oposición puso toda la carne en el asador: decidió “enjuiciar” políticamente a Maduro, afirmó que el hilo constitucional estaba roto y anunció que procedería a marchar el 3 de noviembre hasta Miraflores para exigirle su renuncia. En una tarima improvisada en Altamira se dijeron cosas que hoy se niegan, pero ahí están grabadas.

Me quedan pocas dudas que al minuto siguiente de haber proferido estas “amenazas” una vez concluida la movilización, la dirigencia opositora buscó la manera de desconvocarlas. ¿Por qué? Hay al menos dos hipótesis: o nunca estuvieron convencidos de hacer lo que dijeron que iban a hacer, o simplemente no saben o no quieren hacerlo. Todo terminó en un diálogo un domingo 30 de octubre que simplemente desactivó el único activo en el haber opositor para lograr sus objetivos: la presión popular de calle para poder votar. Dimensiones que no son excluyentes, sino absolutamente complementarias. La narrativa no pudo ser más adversa: se dejó de hablar del aborto del Revocatorio y en su lugar la coyuntura se basó si algunos partidos se sentaban a esa mesa o no. El resultado, más que obvio: Miraflores —y Maduro en particular— ganaron el tiempo que deseaban para llegar a 2017.

Lo demás, ya ha sido suficientemente discutido. La oposición despertó de su sueño y tuvo que enfrentar la realidad: se acabó (al menos por el momento) la competencia electoral y no hay una estrategia suficientemente aceptada y compartida por todos los actores para seguir adelante de otro modo, en otros terrenos. La MUD es una estructura electoral y fuera de ese ámbito, no sabe (aún) cómo responder y actuar.

Para quienes deseaban cambio y pensaban que 2016 era el año, todo terminó en desconcierto, desmovilización y desmoralización en medio de un diciembre desolador, que solo nos hizo recordar las razones de fondo del por qué de una lucha ya muy larga.

III

2017

Ya es un lugar común demasiado odioso decir que 2017 será un año tremendamente difícil, pero necesario es repetirlo. Una y otra vez. Ese es el contexto específico en el que se desarrollarán los hechos y se constituye como el punto de partida. Nada indica que las condiciones económicas o sociales vayan a mejorar, sino muy por el contrario a empeorar. En otras palabras, el malestar y la conflictividad convivirán con nosotros desde el principio.

En ese marco, Maduro —y el sistema que encabeza— llega a su quinto año con una vocación aún más autocrática y que a todas luces parece intentar avanzar más rápido de lo que puede, aprovechando la coyuntura y la parálisis. Los cambios en el currículo educativo, la vuelta de tuerca adicional al control sobre los pocos medios independientes y la reintroducción del sistema de inteligencia social, son tan solo tres de ejemplos de cómo en el caos, se intenta fortalecer el régimen socialista; mientras en la otra acera, hay un país empobreciéndose y debilitándose aceleradamente que reniega de esos cambios pero que aún no se opone organizada ni articuladamente. Tampoco es de extrañarnos que en este proceso de avance oficial veamos un ejercicio de “purga” contra algunos sobre los que hoy hay sospechas de deslealtad para producir el efecto de parálisis sobre aquellos que pudieran querer abandonar las filas.

Más allá de estos breves comentarios, el entorno sugiere la existencia de al menos tres incertidumbres que de acuerdo a su comportamiento (y a cuál dirección tomen), podrían configurar cómo viviremos la política en este año que apenas comienza: 1) la tensión social, 2) la cohesión de la coalición oficial y 3) la articulación opositora.

La tensión social

Desde hace rato estamos escuchando el crujido. No sabemos exactamente de dónde proviene el sonido, pero luce que la olla de presión podría no aguantar mucho más, ya que la única válvula de escape que había (una consulta electoral que generó esperanzas) fue tapada. Mientras, la presión se sigue acumulando sin parar. ¿El venezolano explotará? Soy de los que piensa que eso no es parte de un pronóstico, porque ya viene ocurriendo desde hace rato, de otro modo, en una escala y forma distinta. Todos tenemos en la cabeza el referente del 27 de febrero de 1989 y creemos a que eso se debe parecer lo que podría suceder, pero lo cierto es que en el país ya se han suscitado hechos de igual gravedad durante 2016. Un ejemplo muy concreto: Cumaná en el mes de junio.

Hay algo que no debemos perder de vista. Pudiera ser una casualidad y tener muchas explicaciones desde otro ámbito, pero llama poderosamente la atención que durante los meses en los que el revocatorio o no existía o no se había asentado bien en la dinámica política, los saqueos (o intentos de saqueos) crecieron a un ritmo muy preocupante: según el Observatorio Venezolano de la Conflictividad Social de una cifra de 23 en enero, llegamos a 162 hechos de este tipo en junio. Sin embargo, después de mediados de año —justo cuando el referendo toma mayor cuerpo— comienza a descender hasta llegar en octubre a los niveles de comienzos de año.

¿Es una casualidad que después de cancelarse el Revocatorio y provocarse el caos monetario de fin de año reaparezcan con mayor fuerza los disturbios y saqueos? Sin duda, las decisiones asumidas en cuanto a custodia de los canales de distribución de alimentos, el aumento de la represión y la implementación limitada pero en aumento de los CLAP tienen un poder explicativo, pero lo que vimos en Guasdualito, Maracaibo y sobre todo en Ciudad Bolívar, me hace pensar que hay una estrecha correlación entre el ánimo de la gente y su determinación a salir a las calles a protestar y perpetrar hechos vandálicos.

No hay nada que indique que esa tensión disminuirá, pero lo que no sabemos es adónde nos conducirá su exacerbación. Hay quienes piensan que ese estallido —de grandes y cataclísmicas— proporciones nunca ocurrirá porque el “miedo a repetir 1989” inhibe a los venezolanos que sufrieron la brutal represión de la época y simultáneamente, poco a poco nos estamos acostumbrando al control social impuesto desde el poder y las únicas energías que quedarán serán para la supervivencia, no para la sublevación. Pero la misma dinámica se ha venido encargando de decir que todavía hay energías para desafiar esos temores. El miedo a la represión no pareció haber intimidado a la gente que protestó violentamente, particularmente a finales del año. Allí están los hechos.

Para noviembre de 2016, el 31% de los venezolanos declaró estar muy dispuesto a salir a protestar contra la escasez de alimentos, el alto costo de la vida o la inseguridad; casi el doble de quienes afirmaban lo mismo para mayo de 2015, aunque este número estuvo bordeando el 40% en julio. Algunos analistas afirman que esta disposición sigue siendo demasiado baja para que pueda hablarse de masa crítica, a mí me parece que hablar de siete millones de personas es demasiado. Más allá de todo esto, si eventual y lamentablemente esta reacción popular terminara ocurriendo, que eso signifique necesariamente un cambio político es una historia totalmente distinta, porque esa expresión necesitaría estar dotada de una conducción, que de existir, no sabemos hacia dónde querrá inclinar la balanza.

Todo indica que estos hechos seguirán ocurriendo y que la tensión social se mantendrá en aumento, fungiendo como un catalizador del proceso político. Solo quiero recordar esto: cuando empezamos a creer que los saqueos ya estaban quedando atrás, volvieron con más fuerza y virulencia.

La cohesión de la coalición oficial

Es el tema del que más se habla en los mentideros políticos. Esa discusión básicamente se reduce a si el chavismo se mantendrá unido o no y si esa eventual desunión permitirá una transición —quién sabe si democrática o no— porque no necesariamente un cambio político significa que será democrático y/o civil. Maduro logró superar el 2016, pero dentro de muy pocos días se garantiza constitucionalmente en principio que su salida no arrastre consigo a todo el chavismo.

Me refiero por supuesto al umbral del 10 de enero.

Existen algunos indicios de que varias facciones están operando en este sentido, pero más cierto aún es que un Maduro en apariencia un poco más atornillado que antes dará la batalla para que esto no se materialice, aunque eso signifique sacrificar a algunos camaradas. Y al parecer eso ya está sucediendo y nos enteraremos pronto.

Otra señal muy evidente es que Diosdado Cabello está haciendo una campaña de alcance nacional y se está preparando para asumir un nuevo rol. Todavía no queda claro si es para disputarle el poder en lo inmediato a quien hoy ejerce la primera posición, pero su antagonismo está muy claro desde el 8 de diciembre de 2012, aunque siempre comunique públicamente lealtad y unidad.

Al interior de la coalición hay facciones que temen por su estabilidad y que piensan que Maduro está destruyendo el piso político del proyecto, pero tienen tiempo diciendo eso y el temor a perder el poder los ha mantenido unidos y los costos de represión han sido relativamente bajos, por no decir muy bajos. Así resolvieron 2016: no hay elecciones ni para Maduro ni para los gobernadores, ¿seguirán manteniendo esa fórmula?

Hoy, la coalición se mantiene más o menos en la misma forma que tiene desde 2013. Los enormes incentivos económicos (léase corrupción) y los altos costos de salida los mantienen más unidos que separados. Nadie importante de ninguna facción —con la excepción de Miguel Rodríguez Torres— ha dado un primer paso para que ese equilibrio se caiga, o al menos cambie. En términos políticos, las primeras semanas del año nos dirán si hay o no un pugilato interno, una purga, o bien, el mantenimiento del status quo.

La articulación opositora

Como ya fue relatado, 2016 empezó exultante para la MUD pero el comienzo de 2017 no podría ser más sombrío y difícil. Mientras esto se escribe, hay una discusión interna para acordar unas nuevas reglas de juego y aún es una incógnita si los rostros visibles de la alianza opositora se mantendrán o habrá un refrescamiento. No pareciera muy probable que haya una reestructuración a fondo ni que los principales partidos cedan su poder de decisión, pero lo que sí es verdaderamente incierto es si la nueva estrategia que propondrán será comprada y acompañada por sus seguidores. Las tensiones internas se mantienen y en el fondo, el problema sigue siendo el mismo: no hay una estrategia política que aglutine todas las visiones, en particular de las tres más importantes.

Todos tienen un juego propio y ninguno parece ceder o cooperar en función del juego del otro. Por un lado partidos como Primero Justicia y Acción Democrática (con distintos matices) siguen creyendo que lo correcto es llegar hasta el 2018 con la mayor cantidad de poder acumulado (léase diputaciones, gobernaciones y alcaldías) mientras los costos políticos de la crisis económica los paga en su totalidad el chavismo. Otra corriente en la que se inscriben Voluntad Popular, Vente Venezuela y Alianza Bravo Pueblo creen en una estrategia fundamentalmente de calle para producir un cambio lo más rápido posible. Finalmente, un factor como UNT parece que lucha más para garantizar sus espacios en el Zulia (al costo que sea) y eso le ha ganado hoy graves acusaciones de colaboración con el régimen. ¿Unidad?

Hablar de la Oposición a secas, muchas veces es un error. En principio, una cosa es hablar de la dirigencia opositora que hoy tiene profundos desencuentros y trabaja arduamente para superarlos y otra, son sus seguidores. Los “opositores de a pie” son la mayoría política del país (53%) y sus actitudes y valoraciones están más que claras y luciendo muy compactas: el 98% percibe como negativa la situación del país y el mismo porcentaje evalúa negativamente a Maduro (siendo un 97% el que se pronuncia por su salida inmediata). El 91% de este segmento cree que vivimos bajo una dictadura, el 94% que su derecho a elegir ha sido violado y un 80% está dispuesto a protestar en las calles. Un 57% de ellos piensa que hay que desconocer a Maduro. Como bien podrían decir dirían varios analistas que a veces pecan de superficiales, los opositores se han “radicalizado”.

Entre estos mismos opositores, siete de cada diez quieren ver a su dirigencia luchando por un cambio y el 62% considera que fue desacertado la decisión de suspender el “juicio político” y la marcha a Miraflores. Ellos creen en un 87% que la oposición tiene la capacidad de gobernar a Venezuela y todavía para finales de noviembre, dos tercios (66%) creían que la MUD está bien enrumbada, una cifra que podría descender en la medida que el tiempo transcurra y no pase mayor cosa en términos de cambio político. Si las cosas siguen por donde van, no parecería extraño que pudiera haber un divorcio entre dirigentes y dirigidos y que la articulación opositora en el corto plazo luzca más baja que alta.

En las próximas horas la Asamblea tendrá un nuevo presidente, Julio Borges, y casi en simultáneo sabremos cuál es la nueva dirección que se propone tomar la coalición opositora. Borges ha declarado que insistirá en un paquete de leyes económicas y sociales que aunque lógico y necesario, no parece realista ni apropiado para el momento actual después de todo lo que ya sabemos que ha ocurrido en los predios parlamentarios. Ya bien lo dijo el Secretario General de La Causa R, José Ignacio Guédez: “La mejor medida económica que se puede implementar es la remoción constitucional de Nicolás Maduro”. La opinión pública lo acompaña.

Más allá de eso, lo que luce como una verdad a leguas es que la oposición intentará retomar a como dé lugar su horizonte electoral. Esa es su mayor fortaleza, es el tablero que más cómodo le sienta y lo más importante y que debe ser la piedra funcional de la lucha: hay que rescatar el voto. Sin embargo, su adversario parece que ya ha perdido ese tipo de escrúpulos y no le cuesta mucho avanzar sin convocar nuevos comicios, o al menos, unas elecciones como a las que estamos ya acostumbrados.

Vienen en camino nuevos desarrollos en los que conoceremos si el oficialismo está dispuesto a convocar unas elecciones para perderlas o si bien, las convocará pero en el mejor estilo nicaragüense, con un nuevo software apenas puesto en desarrollo hace algunas semanas en esa nación centroamericana: las celebro, pero ningún opositor de relevancia puede participar. Ya en Venezuela conocíamos a las inhabilitaciones como un arma para escoger a los contendores, pero todo pudiera sofisticarse hasta llegar a la ilegalización de los partidos políticos, incluyendo a la MUD (hoy el único al que se le permite legalmente participar).

Mientras tanto, si alguien quiere saber cómo van las elecciones convocadas para junio, pregúntese por el cronograma electoral… Aún no publicado.

Breve epílogo

Aún hay más incógnitas cuyo despeje bien podrán ayudar más la comprensión de nuestro futuro político inmediato. Ya finalizando este escrito, se sabe que está planteada una jugada del oficialismo para impedir la escogencia de la nueva directiva de la Asamblea e incluso impidiendo su funcionamiento, anclada en la figura del desacato. No pareciera una acción necesaria para el chavismo cuando ha logrado tanto por la vía de maniatar vía TSJ, sin embargo la figura del Parlamento Comunal sigue ahí amenazante y como una señal de que la radicalización mencionada arriba, estaría en pleno desarrollo.

Hay una gran interrogante, que no solo nos atañe a los venezolanos sino que es de orden global. Me refiero al ascenso de Trump al poder. Aunque nos guste o no, ese es un factor importante porque desconocemos cuál será la actitud del magnate hecho presidente con respecto a Venezuela. Así como en Taiwan o en China hay grandes inquietudes, para nosotros será cuestión de poco tiempo saber si seremos ignorados, si Trump asumirá una política frontal contra el régimen venezolano, o bien si su cercanía con Putin reforzará las posiciones del gigante ruso en el complejo entramado geopolítico, incluyendo las que tiene en nuestro país. El nombramiento de Rex Tillerson como Secretario de Estado hace lucir de momento a la tercera opción como la más probable. Pero nadie sabe…

El famoso diálogo luce exangüe. A punto de perecer. Pero bien podría suscitarse un nuevo episodio para conocer más y mejor sobre cuáles son las verdaderas posiciones dentro de la MUD. Algunos insistirán en continuarlo y eso dirá más de ellos, de lo que esperan del proceso de conversaciones.

Nada fácil lo que viene. Difícil de ver es. El futuro siempre en movimiento está.

Publicado originalmente en Prodavinci

6D Un terreno electoral inexplorado

Estas elecciones parlamentarias son muy diferentes a todos los eventos que hemos conocido durante los últimos 16 años. Los comicios se darán en un contexto con muchos rasgos inéditos, así que en varias dimensiones el 6D es un terreno electoral inexplorado con características desconocidas para la mayoría de los votantes. Analicemos cuatro de estas singularidades.

1 Un régimen todopoderoso con escasez de votos

¡Vaya que es toda una paradoja! En el momento en que el chavismo acumula la mayor cantidad de poder político y comunicacional es cuando tiene menos votos. Las razones para que esto suceda son muy claras: sus actuaciones en materia de violación de Derechos Humanos desde 2014 y una crisis económica sin precedentes, causada por el colapso de su modelo, han sumido al país y sus ciudadanos en un clima de malestar que corroe y fragmenta las bases de apoyo al régimen.

Las penurias sociales, la inflación y el consecuente deterioro del salario real, además de las interminables e indignantes colas y el estremecedor hecho de adquirir menor cantidad de alimentos, ya consolidaron un masivo voto castigo.

El chavismo, sin su gran hegemón y con una figura que recibe todas las críticas y un fuerte rechazo, ya está sintiendo lo que es tener el sol a sus espaldas.

2 El quiebre de las expectativas

Como consecuencia del primer punto, por vez primera entramos a un proceso electoral en Venezuela en que son muchos más quienes piensan que la oposición va a triunfar que aquellos que estiman que lo hará el chavismo. Nunca antes visto.

Aunque hoy haya menos medios de comunicación para debatir este asunto, es lo que en el ambiente se percibe.

Desde 1998, en cada episodio comicial las expectativas siempre (un poco más o un poco menos, pero siempre) se inclinaban a favorecer al oficialismo, otorgándole la primera probabilidad de triunfo. Algo que en la mayoría de las ocasiones se materializó. Hoy no. Aunque todavía haya muchos practicantes de la “desesperanza electoral aprendida” que insisten que no importa lo que hagan los factores opositores pues saldrán derrotados, hoy el rechazo es tan elevado que la ciudadanía en su mayoría quiere enviar un contundente mensaje.

Una misiva con una sola palabra: cambio.

3 Unas parlamentarias con ambiente de presidenciales

Las elecciones presidenciales son las más importantes. Los venezolanos saben que ésa es la cita que define el rumbo político del país y por eso participan más en ese tipo de evento. Es por eso que en 2010 apenas el 65% del electorado concurrió a las urnas.

Sin embargo, para estas elecciones legislativas se espera que muchos más votantes participen en una consulta que tiene más de plebiscitaria que de parlamentaria. No es que lo anterior sea nuevo, sino que hoy está exacerbado ese sentimiento y lo más probable es que la participación esté más cerca de un octubre de 2012 o abril de 2013 que de un septiembre de 2010, siempre que no haya un clima de violencia generalizado que perturbe las votaciones.

4 La historia ya no dice tanto como antes

Esto quizás es lo más importante: en todo análisis electoral privan “los históricos” y se dan por descontados triunfos y derrotas producto de las zonas y circunscripciones de la que se hable.

Es común escuchar y leer que en la zona llanera del país el chavismo mantendrá su amplio predominio porque siempre ha sido fuerte allí. También es común oír que en Oriente o Guayana pasará lo mismo. Sin embargo, en 2015 la evidencia sugiere un cambio dramático que lo he resumido en un trabalenguas: tenemos que aprender a desaprender lo que hemos aprendido.

La semana entrante –si nada estrambótico ocurre– se estarán analizando triunfos impactantes (o, según se vea, derrotas sin precedentes) que la gente hoy consideraría imposibles en circunscripciones de Portuguesa, Monagas, Bolívar, Trujillo, en la propia capital y zonas consideradas otrora como “bastiones rojos”.

Publicado originalmente en Prodavinci